Una pequeña de siete años se disgustó inmensamente cuando se enteró de que sus padres hacían las labores tradicionalmente asignadas a Papá Noel. Tras descubrir el fraude les espetó indignada: ¿ y si nunca me hubiese enterado y mis hijos se hubiesen quedado sin Navidades por vuestra culpa?". Es lo que tiene el espíritu previsor de los niños.
Desde ese día ando yo al acecho por lo que pueda pasar con mi pequeña, cuando también ella descubra el masivo engaño que perpetran los adultos contra los niños a costa de la Navidad. A todos estos niños les reconforta pensar que existe un mundo mágico que mejora y embellece el que vivimos día a día. Es una forma de amortiguar la cruda realidad y los limites frustrantes de nuestras prosaicas existencias. Necesitamos soñar y sentir que en algún universo paralelo, la vida es todo lo que intuimos que podría ser. Y probablemente tengamos razón al intuir que hay mucha más magia escondida de la que salta a la vista: basta con recordar que nuestros sentidos son muy limitados. Se nos escapa lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. Difícilmente podemos descifrar una realidad que escapa a nuestros sentidos y que solo desvelamos trabajosamente y a tientas. Resulta tan tentador inventar un mundo a nuestra medida....
Tal vez por ello los adultos hemos errado el tiro y confundido la magia verdadera con un cuento de hadas cualquiera, algo así como intentar encerrar la magia verdadera en las cuatro paredes de nuestros limitados sentidos. Al final, es como si valorásemos más lo vistosos vidrios de colores de las tiendas de baratijas que las verdaderas piedras preciosas que arrancamos de las entrañas de la tierra.
Cada día celebro la magia que me rodea. Celebro por ejemplo que entre miles de millones de espermatozoides sólo uno logró fecundar el óvulo de mi madre y que allí, misteriosa y mágicamente empecé a asomar yo. Cada niño debería celebrar la magia del nacer y del ser único, de poder hacer tanto bien o tanto mal. Debería celebrar los misterios de la Física Cuántica y de las partículas que se comunican fantasmagóricamente, la magia de despertar cada mañana en un minúsculo planeta rodeado de un manto de vida verde que cruza el espacio a 250 kilómetros por segundo, celebrar la magia de que a su vida puedan llegar otros seres que le comprendan y le amen, celebrar que haya flores y frutas para saciar su hambre y agua para apaga su sed, que vuelan las abejas y los aviones, que escrutamos impacientes el universo con inmensos telescopios buscando más vida, que nos preguntamos incesantemente qué nos espera después de la muerte, que inventamos canciones y enlazamos palabras hasta crear poemas....
Si lograsemos educar a nuestros pequeños con los ojos abiertos a la realidad misteriosa y palpitante,, si supiesemos trasmitirle el regalo que supone estar inmersos en tanta belleza no nos haria falta acumular todo lo inexpllicable del mundo en un señor barbudo que arroja regalos por chimeneas o un ratoncito agotado que trae regalos a golpe de dientes de leche. Si fuesemos justos y observadores con lo que nos rodea explicaríamos una y otra vez a los niños que la verdadera magia se esconde en este universo deslumbrante que apenas logramos descifrar. Todo es magia.
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